UNA APUESTA

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SALA DE ESPERA

Cierto: hoy, la industria de la información ha cambiado diametralmente. Las empresas de comunicación responden a los imperativos del mercado, que obliga a sus dueños a tomar decisiones que creen mejor para el negocio: las ganancias necesarias en el único sistema económico más o menos exitoso socialmente (se llamaba trueque, ¿eh?,  y sin duda todavía perdurable) que han inventado y desarrollado los humanos.

         Medios de información, esencialmente periódicos impresos con directores periodistas poderosos quienes decidían en México y en el mundo que lo que se publicaba era la noticia del día, sin importar si “lastimaba” o no al poderoso, no existen más o son excepciones poco notables. Binomios legendarios como el de Katherine Graham, dueña, y  Benjamin Bardlee, director editorial,  de The Washington Post, apoyando a dos de sus reporteros,  son –si hoy existen— excepciones.

         En el México de hoy no hay más directores de medios como (la lista es muy limitada y disímbola) lo fueron Julio Scherer García en Excélsior y Proceso, José Pagés Llergo en Siempre!, Mario Renato Menéndez en ¿Por qué?, Manuel Becerra Acosta en el primer Unomásuno, Armando Ayala Anguiano en Contenido, vamos hasta Benjamín Wong en El Sol de México, José Gutiérrez Vivó  en el Monitor de Radio Red original, algunos de la provincia mexicana como los directores de El Norte, Carlos Menéndez en El Diario de Yucatán, o Jesús Blancornelas en Zeta de Tijuana, (por cierto, si no ha visto la serie Tijuana, en Netflix,  debería de hacerlo; su vista lo acercará a una parte de la historia del periodismo mexicano moderno), y otros cuasi héroes de la libertad de expresión (cuando ejercerla era un riesgo real y no precisamente el de ser insultados por ignorantes al servicio del mejor postor), que decidían más o menos libremente sobre los contenidos de su medios. No, esos ya no existen más.

         El éxito de los medios que realmente informaban realmente fue capitalizado por los grandes empresarios, quienes lo convirtieron en un millonario modelo de negocio, con la publicidad gubernamental por delante. En México ocurrió luego de 1986  después de las elecciones estatales en Chihuahua,  cuando la ciudadanía de aquel estado repudió a los medios que no informaron del fraude electoral que ahí ocurrió (no, jóvenes, no fue contra López Obrador, que por esos tiempos todavía militaba en el PRI, beneficiario de ese fraude). Sí, sí hubo quien informó puntualmente (fueron varios) y por eso se supo que informar podría ser un magnífico negocio.

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         Y encontraron su fórmula: medios hechos por periodistas reales y, por cierto, honestos y honrados, pero segundos en el organigrama empresarial; sujetos a las decisiones de ejecutivos que cuidan el dinero del inversionista con mayor rigor que el propio dueño.

         Hay excepciones, como siempre, que luchan contra esa tendencia, incluso dentro de esos mismos medios, a riesgo de perder su empleo. Otros son esfuerzos casi heroicos, en el ciberespacio. Y  en lo individual hay periodistas que ejercen su oficio como debe ser; por fortuna son muchos y mencionarlos a todos se vuelve una ofensa en cuanto se omita a sólo uno. Sus lectores, radioescuchas y televidentes, saben bien quiénes son.

         El oficio sobrevivirá a estos tiempos trágicos. (Iba a escribir: a la Cuarta Transformación; sí y no: sobrevivirá en el mundo).

         Leer es siempre una enseñanza. Leyendo a ese gran escritor cubano que es Leonardo Padura,el escribidor confirmó que la situación de los actuales periodistas no es novedosa, en México o en el mundo; que ya antes, en ámbitos cercanos había ocurrido.

         Al relatar el génesis,  la concepción y problemas del guión de de la película Regreso a Ítaca, en el libro de igual título (Tusquets Editores, páginas 131 y 132, de la edición del 2016), Padura recupera la experiencia del escritor estadunidense Raymond Chandler como guionista de películas, en el artículo “Escritores en Hollywood”, publicado en 1945.

         Dice Chandler mediante la pluma de Padura: “El arte básico del cine es el guión; es fundamental, sin él no hay nada… Pero en Hollywood el guión lo escribe un escritor asalariado bajo la supervisión de un productor, es decir (el guionista) es un empleado sin poder de decisión sobre el producto de su trabajo, sin derecho de propiedad sobre ello y que, por muy extravagante se sea su paga, apenas recibe honores por su labor…

         “(…) la esencia de este sistema consiste en pretender explotar su talento sin concederle el derecho a ser un talento’. Y sigo, para terminar con Chandler: “… en lo que respecta a la escritura de un guión, el productor es el jefe; o el guionista se adapta a él y a sus ideas (si es que tiene ideas) o se larga”.

         Chandler y Padura  –(perdón: si no sabe quiénes son recurra a sus buscador favorito de internet, no se tardará mucho)– tienen razón. Y esa razón puede ser transferida a la actuación de los periodistas de hoy, en México y en el mundo: son asalariados que dependen de un productor (un ejecutivo del dueño), muy poco de un director editorial. Y el dueño decide si depende o no de quienes ejercen el poder político. Aquí y en el mundo.

         Por eso hay que aprender a leer, antes que a etiquetar y a insultar.

         Así las cosas. ¿Quiere usted que la situación cambie? Bien, en este sistema no hay de otra: pague (ya le paga a las grandes empresas de detentan Internet, pero no a quienes producen los contenidos) por buena la información y por la opiniones; quienes las producen no sólo corren riesgos (eso ya está en la realidad y en las películas), también comen, ellos y sus familias.

         Producir información, la real y veraz, es muy costoso; eso lo saben los políticos y los empresarios tanto como los periodistas, aunque en diferentes escenarios (¿plataformas?, se dice ahora): los primeros quieren el espejito de Blanca Nieves (recuerdan a Manuel Buendía; ¡uf! ¿quién era?, preguntarán algunos); los segundos buscan ganancias económicas y también políticas (sí, es legítimo en este sistema); los terceros trabajan, como usted, por un salario. Entonces, la decisión la tiene, como con cualquier otro producto, el consumidor.

         El escribidor cree, está seguro, que los reporteros, los productores de información real, publiquen donde publiquen, terminarán ganando esta batalla. La información, la real, la verdadera, la veraz, siempre es y será poder. Ésta debe ser la apuesta de quienes la trabajan.

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