Elogio a la soledad

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Por: Ma. Elizabeth de los Rios Uriarte*

Descifrando el misterio de vivir noto que con frecuencia las personas rechazan la idea de estar solas. Bien sea por el mito social que afirma –y reafirma- que estar solo es un padecimiento que se puede convertir en vicio o bien por la infundada creencia y aprendizaje de que somos seres sociales como afirmaba Aristóteles y que, por ende, debemos estar acompañados.

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No sé cuál de las dos opciones incline más la balanza pero ambas constituyen una mentira. Estar solo no está mal, de hecho, es una virtud, pues saber estar solos y disfrutar el arrinconamiento del yo constituye la sabiduría profunda de poder dialogar con uno mismo y para ello, se requieren años de entrenamiento. Ser ermitaño implica saber escuchar al mejor interlocutor que tenemos: nosotros mismos.

Entrar en las cavernas de nuestra mismidad es reconocernos a nosotros desde nosotros, no medirnos en función de estándares sociales o de reconocimientos políticos, ni si quiera aún de sueldos y salarios marcados profesionalmente sino de un cabal cumplimiento de aquello que Sócrates llamó el “daimon” interno, es decir, el “demonio” interno que todos tenemos; pero no se debe entender un “demonio” de pastorela con cola, cuernos y vestido de rojo sino un demonio que es una voz interna, quizá muy interna, que nos habla cuando estamos inconformes o insatisfechos y que calla cuando estamos en paz. Se trata de la conciencia, en otras palabras y la conciencia de uno en particular.

Saber estar con uno mismo conlleva la firme convicción de aceptar las propias batallas, esas que llevan tu nombre grabado en el reverso de la página de tu vida, esas que a veces avergüenzan y otras enorgullecen; es reconocer que a pesar de lo mucho que has caído y de lo herido que puedes estar, existe siempre la posibilidad de levantarte y andar de nuevo, de intentarlo y seguir intentándolo y, sobre todo, de nunca perder de vista que lo más bello del camino es caminarlo, no llegar a la meta.

Abrazar la soledad es entonces reconciliarte con tu historia, pero esto no se da de una vez y para siempre sino en cada momento y a cada día. Conquistar tu pasado porque el presente es deudor del primero, es la batalla más campal que todos podemos ganar pero para ello se necesita una buena dosis de valor pero también una constante y perpetua vida en solitario.

Ser un ser social no significa, en modo alguno, estar rodeado de gente, significa, en principio, estar rodeado de ti mismo; es decir, para ser social primero se necesita aprender a escuchar y después a dialogar; a escuchar lo que hay en ti, es ese espacio privilegiado donde sólo la verdad puede acontecer y a dialogar con la única persona que te conoce y te entiende: tu mismo. Por ello, ser seres sociales es dejar cabida a la soledad, al encuentro y al diálogo con la verdad, con el ser y con la presencia de un misterio más allá de lo humano: el misterio del silencio.

La soledad es, pues, un estado de virtud, el más excelso quizá, aprender a estar en silencio y a estar solo es un ejercicio de autodominio pero también un acto de verdad. ¿Será acaso que por ello, quienes lo han aprendido y han hallado esos ámbitos de vacío y de nada son a quienes la historia ha denominado “místicos”?

Ma. Elizabeth de los Rios Uriarte* Doctora en Filosofía y Bioética

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