Del escribir. Por Ma. Elizabeth de los Rios Uriarte

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Escribo, porque escribir es respirar, es recuperar el eco de la voz silenciada y sellarla con la tinta del jamás.

Escribo porque escribir es sanar el pasado, compartir el presente y soñar el futuro. Cada letra es bálsamo que cura y cada párrafo una bocanada de aire fresco que llegó para inspirar, para volver a ponerse de pie y cantar, cantar la victoria y la alegría sabiendo que la mesa se ha vaciado de pan y de vino en compañía de los amigos.

Escribo, porque escribir es la única manera de sobrevivir el tedio y la rutina, escribo porque haciéndolo encuentro la esperanza que se oculta en cada ocaso; escribir es hallar la coraza para defenderme de los fantasmas que amenazan con volver.

Escribo, porque escribir es la música del alma. Escribo desde las entrañas de mi yo que se ha quedado a medio camino entre el hoy y el mañana y escribir es la manera de despertarlo.

Escribo para hallar un sentido a la miseria que acecha y carcome, al frío que congela y erosiona, el sentido que sólo las palabras irán descubriendo conforme se avanza de línea en línea.

Escribo porque la vida está compuesta de letras y palabras, y líneas y párrafos y porque el tiempo siempre vuelve sobre sí mismo y recuerda la angustia y la sal. escribir es abrazar un tiempo nuevo, o al menos, saborear el desazón de la lumbre que quema y gozar el ardor de la mentira.

Escribo porque necesito escribir para vivir, para imaginar y amar, porque al escribir me escribo yo y cada fuente de donde brotan los sortilegios más absurdos es el tesoro que encierra mi prosa sabiendo que el alma del ser humano es oculta como ocultas son sus ideas pero que encuentran claridad cuando se someten al nombre y nombrando se va desnudando el alma.

Escribo porque mi esencia me pide que escriba, porque me es exigible narrar y contar y creer que hay algo más fuerte que yo, la fuerza dionisíaca que pregonaba Nietszche: la embriaguez y la prostitución, la soltura y la irreverencia; el ansia de la herejía que es, de suyo, apetecible como apetecible es el pecado de contar los deseos inhumanos de sabernos en soledad.

Escribo porque, de no hacerlo, moriría en el infierno y contando tengo al menos la esperanza de haber sido conciliada con el cosmos que me alberga.

Escribo para ser, al final, confesada de haber vivido esta vida indeseada y mi escrito que sea mi única y absoluta confesión.

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