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A un año del COVID-19: Lo que aprendimos… y lo que nos falta del coronavirus

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Durante 2020, la ciencia alcanzó avances extraordinarios en el reto que representa la COVID-19 para la humanidad, pero aún tiene desafíos por resolver.

A finales de diciembre de 2019 llegó la fatalidad…

A un año de los primeros casos registrados, la COVID-19 ha infectado a más de 69 millones de personas en el mundo, con un costo mayor de un millón y medio de pérdidas humanas. Una tragedia que supera por mucho la pandemia de AH1N1 de 2009 y que no se había visto desde la mal llamada “Gripe española” de los años 1918-1919.

Los largos meses de aislamiento e incertidumbre y las dolorosas pérdidas nos han dejado valiosas lecciones, pero la pandemia también ha incrementado nuestro acervo de conocimientos científicos.

Desde el descubrimiento del coronavirus SARS-CoV-2, la ciencia ocupó la escena central, con el trabajo del personal de salud como primera línea de defensa y la articulación de grupos internacionales de investigación para responder a múltiples incógnitas, en una carrera contra el reloj.

La ciencia es un esfuerzo colectivo y de autocorrección. Así amplía nuestro conocimiento. Pero, como no produce resultados de un día para otro, explicar esta realidad a la población es desafiante.

Con todo, la investigación en torno de la COVID-19 se ha desarrollado con rapidez. Casi de inmediato, se secuenció el genoma del SARS-Cov-2 y, para el verano, más de 270 posibles fármacos ya estaban en pruebas clínicas tan sólo en Estados Unidos.

Y aunque aún no se tiene un conocimiento definitivo para detener la pandemia, sí hay herramientas muy útiles, refiere el doctor Mauricio Rodríguez Álvarez, vocero de la Comisión Universitaria para la Atención de la Emergencia de Coronavirus en la UNAM.

Agrega que, aunque “todavía no hay nada que cambie la cara de la pandemia”, algunos tratamientos y protocolos han demostrado utilidad en pacientes graves y algunos predictores y elementos de diagnóstico nos permiten manejar un poco mejor a los pacientes y la epidemia en la comunidad.

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Prevención y transmisión

Por ejemplo, “ya quedó muy claro dónde están los riesgos de transmisión y de contagio”, señala el también profesor de la Facultad de Medicina.

“Pensábamos que había mucho riesgo con las superficies de uso común, o al recibir las mercancías. Sin embargo, hemos visto que el riesgo máximo es la convivencia con un enfermo y el contacto circunstancial o indirecto con una persona infectada sin protección”, refiere.

Ahora sabemos que el SARS-CoV-2 puede viajar en gotas que se desplazan hasta un metro y medio antes de ser derribadas al suelo por la gravedad. Pero incluso la OMS ha reconocido la posibilidad de que se transmita en aerosoles que, cuando no se dispersan, pueden contenerlo durante varias horas.

Eso valida la utilidad del cubrebocas que, junto a la sana distancia, protege al usuario y a los demás.

Asimismo, se conoce la transmisión viral de pacientes presintomáticos y asintomáticos. “Una persona enferma de COVID-19 comienza a contagiar a los demás desde tres días antes de que empiecen los síntomas. Esto ya quedó muy claro, aunque no se ha comunicado con suficiente contundencia”, explica el académico.

“A la gente no le termina de quedar claro por qué hay tantos contagios: pues, porque una persona que lleva dos días enferma, en realidad ya lleva cinco días contagiando a otros, aunque no lo sepa nadie”.

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Photo by Anna Shvets on Pexels.com

Reinfecciones

La capacidad del SARS-CoV-2 para reinfectarnos ha sido una incógnita. Hasta ahora, algunos estudios señalan que la reinfección es posible, pero poco común y generalmente con síntomas leves o nulos. “Sí ocurre, se han documentado casos en todo el mundo y quizá aquí lo importante es destacar que no es lo más frecuente”, indica el académico.

“En ese contexto, vale la pena reflexionar si una persona que se contagió más de una vez podría ser un transmisor muy eficiente del virus que, sin darse cuenta, contagia a otros miembros de su comunidad”.

Tratamientos

Otro avance se relaciona con una mejor comprensión de tratamientos para la enfermedad, incluyendo el manejo temprano de soporte vital como la ventilación y la oxigenación artificial y el uso de fármacos en el momento correcto.

“Hay dos cosas perfectamente claras: la oportunidad de la atención y la influencia de comorbilidades; es decir, si la gente se atiende oportunamente, le va muy bien. Pero cuando hay comorbilidades el pronóstico es diferente”.

Rodríguez Álvarez puntualiza: “atenderse oportunamente significa que, a los primeros síntomas, se debe hacer contacto con los servicios médicos, para comenzar a vigilar la evolución y a controlar correctamente los problemas que se vayan presentando”.

Impacto de las vacunas

Grupos de investigación en Estados Unidos, China, Rusia, Cuba, Gran Bretaña y otros países desarrollan más de 150 vacunas. Algunas usan el coronavirus inactivado; otras, fragmentos o proteínas del virus, o bien una porción de su material genético.

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A comienzos de diciembre de 2020, 13 vacunas diferentes estaban en fase 3 de las pruebas clínicas y 7 se habían aprobado para un uso restringido, o “de emergencia”.

“Es un triunfo de la biotecnología y de las ciencias médicas”, señala el académico.

Pero, incluso tras su aprobación, tendrán que pasar por los procesos de producción y distribución masiva, para aplicarse primero en las poblaciones de mayor riesgo.

Hace unos días, Gran Bretaña se convirtió en el primer país en comenzar la vacunación de su población.

“Lo que iremos viendo es la vacunación de grupos específicos, disponibilidad muy limitada de vacunas” y la paulatina solución de problemas logísticos.”

Por ello, aún no sabemos exactamente cuándo se terminará de vacunar a toda la población que lo requiere. En realidad, Rodríguez Álvarez considera que “falta más de un año” para conseguir la vacunación generalizada.

“Está muy bien verlas como una realidad que comienza a materializarse, pero ni de chiste debemos confiarnos en que tendrán un impacto inmediato”.

Advierte, “lo que tenemos ahora mismo es el impacto inmediato de la epidemia; los contagios están ocurriendo ahorita, los hospitales están llenos”.

Por eso, exhorta a romper la cadena de transmisión en la comunidad, identificando a los enfermos, previniendo contagios y complicaciones y siguiendo las recomendaciones: higiene de manos, uso de cubrebocas y sana distancia. “El problema que tenemos en este momento no lo resolverán las vacunas”.

Enigmas por delante

Quedan muchos interrogantes acerca del SARS-CoV-2 que la ciencia debe desentrañar, como si el coronavirus mutará para coexistir con los humanos, reduciendo su letalidad igual que muchos otros, y formará parte de los virus estacionales…

“Aún quedan cosas por explicar; por ejemplo, si hay algún medicamento específico que deba utilizarse y cuándo es el mejor momento para hacerlo; si hay algún componente genético en las personas que predisponga de manera definitiva para que la enfermedad evolucione de tal o cual forma; conocer cuánto dura la inmunidad y para qué servirán y para qué no servirán las vacunas”.

Asimismo, con las evidencias de complicaciones y secuelas en órganos y sistemas, “es necesario saber qué secuelas puede tener, en quiénes se van a presentar y cómo se podrían prevenir”.

La COVID-19 ha derrumbado viejas creencias sobre nuestra invencibilidad y supremacía como especie, pero también nos demuestra la importancia de la cooperación científica internacional.

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Vía: UNAM Global

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