TORMENTAS

SALA DE ESPERA

Los vientos políticos que soplan sobre el país no parecen favorables para el periodismo mexicano.

Los pronósticos del tiempo sexenal prevén nublados y probablemente tormentas para el oficio, parte esencial de la democracia.

Hace poco más de 36 años, el gobierno de México, presidido entonces por José López Portillo, acuñó el agravio con aquella frase de “no pago para que me peguen”, en respuesta a la exigencia de Francisco Martínez de la Vega para que su administración no castigara con el retiro y cancelación de la publicidad oficial a medios de información críticos de sus acciones, especialmente las revistas Proceso y Crítica Política, ésta última desapareció por esa decisión presidencial.

Pocos años atrás, los grandes empresarios mexicanos decidieron dejar de comprar publicidad al periódico Excélsior, entonces uno de los diarios más importantes en el mundo, para que cambiara su línea editorial en complicidad, se sabe ahora, con el gobierno del presidente Luis Echeverría, quien de inmediato ofreció suplir los retirados anuncios privados con publicidad oficial para, les dijo a los directivos de ese periódico, garantizar el ejercicio de la libertad de expresión. Como se sabe desde entonces lo que ocurrió fue la contrario: el periodismo independiente literalmente fue echado a la calle.

Hoy el fantasma de la publicidad oficial ronda nuevamente por las redacciones periodísticas del país. El nuevo Presidente de la República ha anunciado un recorte drástico del 50% en la compra de publicidad a los medios de información mexicanos.

El ahorro de recursos públicos no parece mala idea y mucho menos cuando se conocen las escandalosas cifras en el gasto gubernamental en publicidad del gobierno saliente. De 2013 a 2016, la administración de Enrique Peña Nieto gastó 36 mil 261 millones de pesos en publicidad oficial, un 71% más de lo que le aprobó el Congreso, de acuerdo con un estudio de la organización Fundar. En 2017, gastó otros 7 mil 800 millones de pesos. Y falta la cifra de 2018. Todo ello sin contar el gasto que en ese rubro hicieron los 32 gobiernos estatales en estos seis años.

El miedo que produce ese fantasma tiene un origen claro, transparente. Los medios de información de México y del mundo tienen dos principales e ineludibles fuentes de ingresos: la venta de sus productos informativos, y la venta de publicidad a las empresas para que anuncien sus productos y servicios y al gobierno para la promoción de sus obras y políticas públicas. Una forma de corromper con la publicidad oficial está en los criterios de su compra y, por supuesto, la selección de los medios que la recibirán. Ningún gobierno mexicano ha establecido ningún otro criterio más que la discrecionalidad, lo que permite el “no pago para que me peguen”. (Por cierto, para los que repiten consignas: la compra de publicidad no es “el chayote”, una forma diferente de corrupción).

Quienes estamos en esos medios hemos visto como muchas de las empresas informativas han comenzado a hacer previsiones y a tomar precauciones ante tal eventualidad, con la idea de la sobrevivencia. La mayor: ahorrar y en este caso ahorro significa reducción en los gastos con las consecuencias lógicas, entre ellas el recorte del personal. No hay de otra, dicen y dirán propietarios y directivos de los medios. Desde su óptica y su interés, tienen razón. Así, ésta sería la medida más adecuada para la supervivencia de los medios y de, lamentablemente en casos muy contados, su independencia editorial, consecuencia del ejercicio de la libertad. Los editores, reporteros, fotógrafos y demás empleados son los primeros en padecer ese ahorro. Pero, paradójicamente, son ellos quienes tienen que dar la lucha por mantener la libertad de expresión, pilar fundamental del sistema democrático, aquí y donde sea.

El dilema de estás conmigo o estás contra mí es absolutamente falso, al menos en lo que respecta al periodismo informativo, el que hacen los reporteros, los verdaderos ejercitantes de este oficio.

Es falso, porque a los verdaderos reporteros los salvan los hechos, como estableció don Julio Scherer García, director de aquél Excélsior y fundador de la revista Proceso. Sin los hechos, cualquier reportero siempre estará perdido.

En los medios hay otras “medidas” que obviamente no se anuncian, pero que inmediato se notan. Es muy doloroso ver como algunos de ellos se exhiben ya para intentar quedar bien con el gobierno entrante, como ocurre cada sexenio, buscando no perder sus ingresos por publicidad gubernamental. Hay que acomodarse. Esto podría ser más entendible desde el punto de vista empresarial, pero no de la política editorial de sus medios. Éste sí es un dilema para sus propietarios… y ellos son los que deciden.

Sin embargo, es mucho más triste observar conductas personales de los trabajadores de los medios, tanto quienes tienen la obligación de informar como de aquellos que su función es analizar, opinar, también en su búsqueda de “acomodarse”. En sentido contrario es absolutamente reconfortante leer, oír y ver a otros, los menos que ojalá fueran y sean muchos más, quienes aunque presas de las “benditas” redes sociales y de algo más mantienen sus posturas y su lucha por la libertad de expresión.

Hace algunos días, el periodista Joel Hernández Santiago, escribió con mejores deseos que los pronósticos sobre el tema:

“Muchos millones, queremos que el país cambie, sí; que haya justicia social, que no haya corrupción, que no haya impunidad, que la igualdad social sea una realidad y no una entelequia; que todo esté cumplido para todos, en especial para quienes han sido marginados y viven en pobreza y quebranto. Todo esto es cierto y muchos lo queremos…

“Pero también queremos un periodismo así dicho: independiente, justo, crítico, socialmente responsable y sin ambiciones de poder más allá que el que emana de esa misma libertad de expresión. Y en los hechos de gobierno nunca aplaudidor, sí crítico de lo mal hecho y dañino para el país y su gente”.

El secreto, el viejo truco, la magia está en el trabajo reporteril, que parece sencillo: investigar y publicar, tanto lo ocurrido como anticiparse a lo que podrá ocurrir, no con especulaciones sino con base en datos y las interpretaciones que aporten los especialistas en cada materia.

Y atrás de todo, los hechos, sin ellos el reportero está perdido. También el analista, el opinador, el comentarista: su trabajo construido sobre hechos falsos, resultará falso también.

Los hechos, la terca realidad, publicada o no, al final se impondrá, incluso hoy cuando Echeverría y López Portillo son héroes vergonzantes del nuevo gobierno federal. No será fácil, es verdad, pero en México ya se demostró que los hechos dan la razón a los periodistas, los de a deveras, los no militantes. Ya se verá otra vez.

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