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Mi día maravilloso

En medio de meses de confinamiento e incertidumbre por el Coronavirus, tuve el día más increíble que pueden imaginar.


Desde temprano ocurrieron cosas lindas, me llegaron regalos inesperados, mensajes de amigos queridos con los que casi nunca hablo y puras buenas noticias. 
Decidí salir a caminar a un parque al que voy más o menos seguido y dejé el coche en una callecita en donde siempre encuentro lugar. Justamente hace unos días me asome a ver si ya habían puesto parquimetros pero no encontré el símbolo que normalmente ponen, ni la maquina en donde se paga, tampoco vi que otros coches tuvieran puesto su papel, así  que con más alegría me bajé a caminar. 


Iba muy contenta, el día estaba precioso, el cielo de un azul increíble, las nubes parecían delineadas con la luz del sol que estaba a punto de meterse y unos ratitos se asomaban regalando un abanico de colores. Me detuve a tomar una foto mientras pensaba quién había diseñado ese sitio. Cómo se le habría ocurrido poner esos arboles tan bonitos y de esa forma. Tuvo que haber sido hace siglos, pero la forma en que acomodó las palmeras, los pinos y todas esas flores que crecieron para verse como uno de los parques más hermosos que jamás haya yo visto. 


No solo eso, la gente no se notaba tan agobiada como de costumbre, vi niños en sus bicis, perros de todas las razas con sus familias responsables que los llevaban con correa, el cantar de los pajaros, el clima perfecto. En fin, uno de esos días que me recordaba lo mágico que es México. 


Una nube me alertó que pronto comenzaría a llover, así que me dirigí a mi coche mientras una niñita como de dos o tres añitos se acercó a mirarme, venía con su hermana más grande quien estaba pedaleando su triciclo y un señor con la mejor vibra que le decía, “Sofía saluda”. Nos saludamos y seguimos cada quien por nuestro lado. 

Mientras me acercaba a mi coche, noté que estaba rodeado de policías, más allá de alarmarme, me alegré que podía subirme con toda la tranquilidad de que nadie se acercaría a asaltar.”Señorita, este es su vehiculo?” me preguntó uno de ellos. “Sí oficial.” respondí. “¿Dónde está el boletito de su parquimetro?””¿Parquimetro?” respondí sin dar credito de mi descuido. Claro que no había sacado boleto del parquimetro. Estaba segura que ahí no se necesitaba. Pero no sabía ni que responder. Uno de ellos tomaba fotos a mis placas mientras el otro se acercaba con el gancho para la llanta. 


A mi que nunca me faltan las palabras, enmudecí, no tenía nada que alegar. La lluvia estaba comenzando a ceder y yo, era culpable, y solo podía pensar cómo iba a encontrar un banco o un lugar en donde pagar la multa, en medio de la lluvia y de la pandemia. 


Dulce ironía, yo que no salía ni a la esquina, hoy que me había decidido a salir, iba a acabar yendo a pagar multas en medio de una tormenta. 


Los oficiales me veían sin apresurar nada, no sé si por buenas gentes o si esperaban una reacción mía. Yo sin decir nada, me hacía la que estaba buscando algo en mi coche. Siempre he sido pésima para mentir, así que no les decía nada, pero cerque ellos estaban dándose cuenta que no había nada que buscar. Quería pedirles que me multaran pero que no me hicieran ir a todo ese engorroso proceso de buscar donde pagar para que me quitaran el gancho. Aunque sabía que me lo merecía.


De pronto se apareció el señor que venía con las niñitas, las subió a su camioneta que estaba estacionada enfrente de mi, y les dijo a los policías que en medio de esto que estabamos viviendo debíamos ser sensatos. No me atrevía a mirarlos, me daba pena que se dieran cuenta de mi tontería.


“¿Cómo van a multarla en estos momentos críticos, la van a mandar en medio de la lluvia a pagar multas y todo ese lío? Vamos a tener sentido común y darnos un chance. Regañenla y estoy seguro que jamás lo va a volver a hacer. Vamos a ayudarnos unos a los otros que ahorita más que nunca nos necesitamos.” Les dijo.

Ellos alegaban que los podían correr, pero él seguía explicándoles la importancia de unirnos, de apoyarnos, de ser más grandes que toda esta situación. Se acercó a mi y me pidió que me subiera bien a mi coche y que me fuera. 

“¿Verdad que no lo vas a volver a hacer?”

“Sí, se lo prometo.” Le dije como niña regañada.

“Bueno, pues ya vete.” Me respondió y me guiñó el ojo.

Volteé a ver a los oficiales para ver su reacción, ¿realmente me iban a dejar irme así nada más?

Para mi sorpresa, tomaron el candado, se subieron a su camioneta y se fueron. Ni siquiera pidieron una gratificación ni nada. El señor también se subió y se fue. 


Yo sabía que mi día perfecto no podía acabar pagando multas en medio de la lluvia, todo lo contrario, cerró con broche de oro. Aprendí una lección invaluable, en cuanto llegué a mi casa, bajé la aplicación para siempre estar atenta y pagar el parquimetro. Créanme que nunca me va a volver a pasar un descuido de esos. Pero lo más importante, aprendí que México es muy grande, que su gente es muy buena, que a pesar de todas las diferencias politicas, de los miles de sentimientos encontrados que llevamos dentro, de la terrible crisis económica que estamos viviendo, de la pesadilla de ver a miles de familias sufriendo las muertes de sus seres queridos, de los asaltos, de una depresión real que vivimos, del miedo, de la incertidumbre, a pesar de todo eso, unidos logramos más y somos mejores. Somos mexicanos y somos solidarios. 


También aprendí que todo lo que uno hace, se le regresa multiplicado por tres. Hace aproximadamente dos años, yo hice lo mismo que el señor. Alegué con los de un parquímetro que llegaron a ponerle el gancho a un coche, cuando faltaban cinco minutos para que acabara el horario y mientras ellos estaban sacando el papelito. Con el alma discutí para que los dejaran libres. No tuve la misma inteligencia que el señor de hoy, pues no les perdonaron la multa, pero si tuve la misma intención de ayudarlos. Y hoy alguien hizo lo mismo, y más, por mi. 


No sé los nombres de los oficiales y el señor del parquímetro que me perdonaron la multa sin buscar mordida. Tampoco sé el nombre del señor que no le importó mojarse ni exponer su salud para convencerlos de que me dejaran ir. Pero a todos ellos les deseo que se les multiplique lo que hicieron hoy por mi, que no solo fue quitarme un candado de encima, fue mucho más que eso, fue devolverme la esperanza en mi gente. ¡Gracias! 

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