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México, el sueño de una nación

 

Por: Ma. Elizabeth de los Rios Uriarte*

 

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Debatiéndose entre los anhelos de prosperidad y los escombros de los modelos de gobierno fallidos, ahí está nuestro México, siempre majestuoso pero sin darse cuenta de ello.

Una vez más México se encuentra esperando salir adelante del atasco ideológico y político en el que se encuentra y en el que se ha encontrado desde su conformación como país independiente; las ganas no faltan, las ideas tampoco, el compromiso de llevarlas a la práctica quizá sea la causa de sus lamentos.

Los mexicanos nos hemos caracterizado siempre por ser constantes solidarios, firmes conformistas y sólidos idealistas, “México está bien, ¿para qué cambiar?” Nos decimos una y otra vez como si quisiéramos convencernos de que vivimos en un sitio soñado, próspero y sustentable; un pensamiento que no deja de ser alentador si le acompañara la férrea convicción de trabajar por lograrlo pero quizá de lo que más adolecemos los mexicanos es precisamente de carecer del ímpetu necesario para terminar aquello que comenzamos, o, en otras palabras, de comprometernos con nuestras acciones de la misma manera que nos comprometemos con nuestros sueños y nuestras ideas. Los mexicanos somos desidiosos.

México, siempre soñando ser grande pero actuando sin rumbo, sin proyectos, sin dirección, avanzando lentamente en el conformismo del status quo, consolándose con la convicción marcada por las estadísticas de que hay países peores y esto nos es suficiente.

Muchos mexicanos viven “al día” tienen sueños y esperanzas pero les da pereza luchar por ellos, prefieren vivir en el anonimato que arriesgar por ganarse un nombre, prefieren permanecer en el promedio porque sobresalir exige un esfuerzo que no están dispuestos a pagar. Así, mientras estos pensamientos ocupen nuestra mente y nos acompañen a nuestros trabajos México seguirá siendo tan sólo el sueño de una nación.

“México hazte valer!” advertía Antonio Caso hace más de tres décadas y su sentencia recaía sobre el complejo de inferioridad disfrazado de bovarismo que nos ha hecho sentirnos menos que todos los demás por la extraña pero profundamente arraigada idea de que México es un país en desarrollo y no uno desarrollado; hoy la sentencia se vuelve a hacer presente pero de modo distinto: ya no sostenida por el sentimiento de inferioridad sino por el de superioridad por que hoy los mexicanos no hemos aprendido aún lo que Aristóteles intuyó como el mejor sitio: el justo medio. Hoy hemos entendido que no somos, como pretendía algún político,  el patio trasero de Estados Unidos, sino que tenemos un lugar en el resto del mapa mundial, que México tiene una voz y debe hacerla valer pero en lugar de entender que su voz debe ser la voz de los que un día, como nosotros, se sintieron inferiores, hemos interpretado nuestra misión internacional como un papel protagónico y ahora pecamos de soberbia cuando antes lo hacíamos de ignorancia.

México hazte valer! Es la sentencia que afirma el valor de nuestro país pero ni como inferior ni como superior a otro, simplemente como México. Valdría extender la sentencia a los  mexicanos: “hagámonos valer!” pero no situándonos como mejores ni como peores a otros ciudadanos del mundo, sino como mexicanos, con ese espíritu luchador que inspiró nuestra Independencia, con ese ánimo fuerte que llevó a cabo nuestra Revolución para devolver la dignidad a quienes les había sido arrebatada, por ese espíritu solidario que sacó al país adelante en el temblor de 1985, hagámonos valer por nuestra capacidad para sobreponernos a las dificultades, pero más que nunca, hagámonos valer porque nos comprometemos y llevamos hasta las últimas consecuencias nuestras ideas y nuestro amor por el país, por querer más y anhelar mejor, por ser, cada día, un poco mejores, por derrotar al conformismo y darle cabida a la disciplina, al tesón, al coraje, al esfuerzo y a la constancia. Sólo así, cuando nos sepamos conquistadores de nuestra propia desidia y cuando México como país, se sepa triunfador de sus propias luchas internas y supere el conflicto político, México no será más un sueño sino una verdadera nación.

Ma. Elizabeth de los Rios Uriarte* Doctora en Filosofía y Bioética

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