Perfiles o Triunfos, ¿el dilema del 2018?

Al calor del balconeo mediático en torno a la corrupción, los excesos, la ineficiencia, ineptitud y hasta indolencia de gran parte de los gobernantes en el país, los partidos políticos se alistan a entrar a la definición de los perfiles de sus candidatos a puestos de elección popular para el proceso electoral del 2018, con la esperanza de recuperar la confianza de los electores.

Así, el PRI, el PAN, el PRD, el Verde, Nueva Alianza, Encuentro Social y el Partido Humanista adelantan que escogerán a políticos que tengan trayectorias intachables y que no carguen con un “tufo de corrupción”. Morena ya decidió que los candidatos se elegirán por unanimidad, y de no ser posible, por encuesta abierta, y de esa forma, se convierte en el partido más sincero en su método.

¿Por qué?, porque todos los partidos terminarán por hacer lo mismo. Salvo el PRI cuyos gobernadores salientes y férreos caciques se aferran a imponer a sus sucesores, a pesar de que no sean populares, ningún partido juega a perder en una elección y siempre es la fuerza electoral que ya acarrea la que decide en su favor. ¿Cómo miden esa fuerza electoral previa? Con encuestas.

En enero del 2011, los lobos priistas del Grupo Atlacomulco impulsaban con ahínco a Alfredo del Mazo Maza como sucesor de Enrique Peña Nieto, entonces el gobernador más altamente calificado, porque los mexiquenses simplemente lo adoraban. Pero a la mesa de la negociación llegaron encuestas objetivas, no pagadas, que demostraron que el candidato más popular para ganar era Eruviel Ávila. Y así fue. Ávila hizo historia al ganar con el 60% del respaldo popular, aunque su gobierno esté lejos de satisfacer las expectativas que generó.

En enero de este año, el Grupo Atlacomulco impulso a Alfredo del Mazo Maza, a pesar de que las encuestas volvieron a mostrar que no era un candidato popular. El heredero al trono demostró ser un pésimo candidato, al ganar con sólo una diferencia inferior al 3% sobre Delfina Gómez, de Morena.

Y así pasó en otras entidades. En Quintana Roo, el PRI repitió su añejo error de no entender que no es la voluntad del cacique el que logra triunfos, sino la popularidad de un candidato. Le negó la candidatura a Carlos Joaquín y éste le ganó Quintana Roo, igual que hizo Ricardo Monreal en1998 en Zacatecas; Zeferino Torreblanca en Guerrero; Leonel Cota en Baja California Sur; José Rosas Aispuro en Durango; Mario López Valdés en Sinaloa; Arturo Núñez en Tabasco; Gabino Cué en Oaxaca; Pablo Salazar y Juan Sabines en Chiapas; entre otros.

Los partidos políticos quieren que sus candidatos no estén manchados por la corrupción, como lo han deseado desde hace años, incluso con absurdos como pedir a la PGR que les diga si los investiga o no, como si el propio partido no tuviera mecanismos para conocer el pasado de sus militantes.

La realidad de este país nos muestra que en la mayoría de los casos, un candidato puede estar incólume de corrupción y malas mañas o malas compañías, pero la metamorfosis empieza cuando ellos tienen el poder. José Luis Abarca ya tenía su fama negativa cuando el PRD lo hizo candidato ganador a en Iguala; la corriente Izquierda Democrática Nacional se cansó de denunciar sus excesos y nadie le hizo caso, lo cual demuestra que los partidos sí tienen mecanismos para conocer a sus candidatos.

Tengo en mente casos como el de Guillermo Padrés, a quien conocí cuando fue senador. Su fama pública era intachable y hoy está en la cárcel por abuso de poder y diversos tipos de corrupción. Javier Duarte era conocido como el eterno ayudante de Fidel Herrera, su subalterno y como gobernante se convirtió en el ícono de la corrupción. Horacio Duarte también fue un hombre con buna fama pública; tenía muchos aprecios entre políticos de todos los partidos, cuando fue presidente de la Cámara de Diputados. Hoy huye de la justicia.

El dilema es enorme. ¿Qué va a pasar con un candidato que no tiene buena fama pública, pero sí es muy popular? ¿Su partido le cerrará el paso? ¿Y si gana la elección con otro partido político? ¿Qué es lo más importante? ¿Ganar una elección o ganar calidad ética? Eso me recuerda cuando el PAN postulaba a hombres de fama profesional intachable y nunca ganaba elecciones. Las comenzó a ganar constantemente con candidatos que como gobernantes fueron impresentables.

Veremos así qué pesará más en los partidos. El perfil del candidato o el triunfo electoral.

Comenta