Luis Miguel Barbosa. Historia de un poder político

Los “Chuchos” le pusieron el reflector

Sentado en su sillón del Instituto Belisario Domínguez del Senado, Luis Miguel Barbosa estila usar la inercia del asiento giratorio para poder observar a todos sus oyentes. Le fascina que lo escuchen; le encanta hablar como si cada palabra fuera una lección de estrategia política. Y cuando alguno de sus escuchas disiente, Barbosa simplemente se burla, descalifica, regaña, se enoja, se confronta. Al final, él siempre tiene la razón.

Cuando Luis Miguel Barbosa llegó al Senado, en el número uno de la lista de plurinominales, gracias a la pelea interna que dio su entonces amigo Jesús Ortega, prácticamente era un desconocido en la vida política nacional. No tenía ni la cancha ni los reflectores de Emilio Gamboa, coordinador de los senadores del PRI; Ernesto Cordero, coordinador de los senadores del PAN o de Manuel Bartlett, coordinador de los senadores del Partido del Trabajo.

Su designación como coordinador, formalizada como elección, sorprendió a los propios perredistas. En ese 2012 nada en Barbosa era explicable, sin el apoyo de Jesús Ortega, quien lo hizo líder nacional de la poderosa Nueva izquierda, la corriente mayoritaria en el interior del PRD, que entonces tenía nueve integrantes en el grupo parlamentario perredista, que entonces estaba integrado por 22 legisladores.

De un día a otro, Luis Miguel Barbosa pasó de ser un desconocido en la política nacional a ser un protagonista de las decisiones políticas, porque de pronto, todos los acuerdos en torno a reformas pasaron por su escritorio y él aprovechó muy bien la oportunidad. Lo primero que hizo fue organizar un frente común con el PAN para no dejar que la mayoría priista los aplastara. Juntos, Barbosa y Cordero pusieron contra la pared a Emilio Gamboa en varias ocasiones.

Barbosa Huerta se convirtió entonces en un interlocutor directo del Ejecutivo Federal en el PRD del Senado. Ese crecimiento en la valoración de su trabajo lo llevó a su primer rompimiento con Los Chuchos Jesús Ortega y Jesús Zambrano. Mientras ellos inventaron, negociaron y pusieron en marcha el Pacto por México, Barbosa se encargó de encarecer los votos de la izquierda en el Senado y colocar todos los obstáculos posibles, con el grito de batalla de que el Pacto por México no debía sojuzgar al Senado, ni convertir a los senadores en meros validadores de leyes y reformas construidas fuera de los recintos parlamentarios.

Entonces Barbosa diseñó un equipo cercano de trabajo en el que estaba incluida Alejandra Barrales, cuya cercanía con Barbosa era innegable, pero ella comenzó a alejarse de él, mientras Barbosa se acercaba más a Armando Ríos Píter y a Zoé Robledo, a quienes convirtió, de facto, en una especie de vicecoordinadores. Ellos dos eran una extensión de él mismo.

Los tres desafiaron a su dirigente nacional, Jesús Zambrano e ignoraron la orden del partido de no involucrarse en la reforma de las leyes de telecomunicaciones. Barbosa, Zoé y Ríos Píter ignoraron esa línea del partido y participaron de forma activa en la construcción de las leyes. Iban a votar, cuando Zambrano les hizo saber que el propio Consejo Nacional los iba a obligar a acatar las órdenes del partido.

Era julio del 2014, sólo unas semanas antes de que Barbosa se convirtiera en el presidente del Senado y su poder político aumentara de manera inimaginable. Como presidente del Senado fue compañero de viajes internacionales del presidente Enrique Peña Nieto; recibido con honores en el Palacio de Buckingham, como parte de la comitiva presidencial, fue como presidente del senado a una gira por países asiáticos y viajó a El Vaticano para saludar al Papa Francisco.

Ideó la colocación de alfombras rojas para la visita de mandatarios y jefes de Estado al Senado e hizo coincidir la inauguración de la remodelación de la vieja casona de Xicoténcatl con la presentación de su informe de trabajo en la Mesa Directiva.

En el interior del grupo parlamentario del PRD, Luis Miguel Barbosa distribuyó dinero entre todos sus integrantes. Copió la fórmula del cobijo en los grupos parlamentarios de senadores que no militen en el mismo partido, para permitir que sus compañeros que dejaban el PRD se mantuvieran con él y de esa forma el poder político del PRD en el Senado, y de él mismo, no se viera mermado.

Luis Miguel Barbosa no volvió más a acercarse a la dirigencia nacional del partido, luego de un desencuentro con Agustín Basave y del pleito con Carlos Navarrete, antiguo compañero de Nueva izquierda.

Barbosa vio así que él tenía un poder real en la política. Lejos de la dirigencia nacional del PRD, él hizo sus propios acuerdos con el Ejecutivo Federal, con el PRI y el PAN en torno a reformas y nuevas leyes, nombramientos y ratificaciones. Descubrió que él y su grupo tenían un poder que rebasaba incluso al partido que los llevó al Senado.

Y fue así como construyó su proyecto político. Primero lo intentó con Cuauhtémoc Cárdenas, luego con Miguel Ángel Mancera y al final con Andrés Manuel López Obrador, pero el exceso de críticas al PRD y el juego sucio que desde el Senado emprendió contra el perredismo nacional terminó por romper cualquier relación entre ambas instancias y hoy Barbosa activa sus talentos de negociador para evitar que se pierda el poder que ostentó.

Pero ese activismo no es dentro de su partido, donde la mayoría de las expresiones políticas poderosas son sus adversarias. Nueva Izquierda, Izquierda Democrática Nacional, Alternativa Democrática Nacional y las dos áreas de Corriente Foro Nuevo Sol, así como la nueva Vanguardia Progresista, que aglutina a los perredistas capitalinos en torno a Miguel Ángel Mancera, que tienen el poder del partido, no trabajan con Barbosa.

Los gobernadores perredistas como Silvano Aureoles, Graco Ramírez y Arturo Núñez tampoco se entienden con él.

El cabildeo de Barbosa es y seguirá siendo con el gobierno federal, con el PRI y con el PAN.

Ahora arropado con la audacia de Manuel Bartlett, político de viejo colmillo, Barbosa busca quitarle todo al PRD, desde los recursos de la bancada hasta los puestos claves en las comisiones del Senado.

¿Barbosa probará algún día el sabor de la derrota?

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