Gracias por las heridas. Ma. Elizabeth de los Rios

Haciendo el recuento de lo acontecido en el año que hoy nos dice adiós, surge un reflexión que por novedosa en mi vida merece mi atención y el deseo de compartirla.

El año pasado sucedió que, como cada año quizá, hubieron personas que entraron a mi vida y dejaron heridas profundas. Algunos que ya estaban, aprovecharon la oportunidad para mostrar su lado más avaro y cruel y otras que entraron con sus mejores vestidos, como disfrazados para un baile de gala y se llevaron consigo mis ilusiones y mis proyectos.

Lloré, sí, lloré por el dolor que abrieron y que respondió al decaimiento de mis expectativas, al derrumbe de ideales y al vacío de la soledad. Me enojé también, me arrastré por la furia a veces, siempre disfrazada de impotencia y frustración. En pocas palabras: perdí mi tiempo por y con esas personas.

También hubieron momentos que me robaron grandes sonrisas y que hoy constituyen una “memoria dichosa” que guardo con orgullo y acaricio en las horas bajas. Logros que, incluso sin haberlos planeado, llegaron a mi comprometiéndome más conmigo misma y con mi gente. Descubrí talentos no explorados que han resultados válvulas de escape a los resentimientos y rencores añejados. Emprendí proyectos grandes, algunos con éxito, otros que hoy me exigen reconsideraciones importantes. Gocé los sabores nuevos, los olores del otoño y del café recién hecho en las mañanas, palpé las texturas de unas manos que guardan historias y de abrazos que envuelven con ternura, contemplé imágenes llenas de colores, estuve con gente fantástica que me enseñó cosas de la vida que yo no conocía, intercambié y compartí experiencias que me enriquecieron, viví… y fue maravilloso!

Hoy quiero decirles a quienes me lastimaron, consciente o inconscientemente que no les guardo rencor, lo hice y pasé muchos días así, pero hoy finalmente me doy cuenta que en resentimiento corta alas, amarga corazones y arrancia los años de vida. He decidido no guardarles rencor, he decidido no albergar ni dejar crecer el odio en mi alma, no estoy hecha para odiar sino para amar; tampoco los amo profundamente, sólo reconozco que el pecado nos acompaña a todos y que es nuestra humana condición; que lo importante es saber que, cada día, somos amados y perdonados por Alguien que es mucho más grande que nosotros y de quien venimos desde el comienzo de nuestra existencia.

No levantaré injurias en contra de ustedes, al contrario, les agradezco. Sí, en efecto, les agradezco porque con sus desprecios he vuelto a concebirme como “nada”, como el barro que fue al inicio y después transformado en milagro pero sólo desde la “nada” podemos ser algo y sólo desde el vacío reconocemos que nada en nosotros es operado ni por nuestra inteligencia ni por nuestra voluntad si no que todo es movido por Aquél que nos dio ambas facultades y que sin Él ni la más aguda sabiduría ni el más abajado sentimiento ocurren.

Por ello les doy las gracias, porque por cada lágrima que derramé a causa de sus actos se erosionó una parte de mí que se había encumbrado y que me había separado de mi Creador. Gracias porque sus heridas que son hoy señales que advierten los peligros de endiosarse y confiar demasiado en nuestras propias capacidades. Gracias, pues, porque en su rechazo y voluntad de herir, está la imagen de Jesús: humillado, lastimado y crucificado que redime y vence el silencio de la muerte. Gracias porque así, puedo sentirme más cerca de Él, porque llevo en mi alma las heridas que sangran y que renuevan con su sangre. Gracias porque hoy sé que mis heridas pueden ser bálsamo que cure las de otros y mis lágrimas bebida que calme la sed de quien busca y parece no encontrar jamás.

Gracias a quienes me lastimaron y a quienes contribuyeron para que mi camino sea más ligero, a quienes me dedicaron su tiempo y a quienes me lo arrebataron, gracias porque, al final, todos somos lo mismo y vamos al mismo lado.

Deseo que este próximo año entendamos que, buenos o malos, somos humanos y nos vamos a equivocar y vamos a lastimar a otros pero que sabernos hermanos y amigos en el Señor es lo único que nos puede mantener unidos y soportar las espinas del día a día.

 

 

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