El Papa Francisco no sermonea, dialoga

No vino a México a regañar ni acusar, tampoco vino a resolver nuestros problemas…

Francisco no deja de sorprenderme. Y no lo digo como fan ni desde un punto de vista religioso, aunque, aclaro, no me avergüenzo de mis creencias, pero me sorprende la forma en como aborda los problemas que ahogan a las sociedades que visita.

Francisco no señala, no acusa, no critica. Francisco siembra la reflexión. Le pone rostro a los cánceres sociales y los llama tentaciones o pecados de hoy. Sí, esos que cometemos todos los días y que no tienen que ver con la moral de golpes de pecho.

Pecados como la riqueza, la vanidad y el orgullo que hacen que pasemos por encima de los demás para lograr nuestros objetivos, o los que cometen los poderosos para acumular riqueza y atropellar a los que menos tienen, o que provocan la merma de la solidaridad con el prójimo.

Esos pecados ayudan a que el narcotráfico, la explotación, la opacidad, la corrupción, la pobreza y el olvido abonen a la cultura de la muerte.

El Papa sabe sembrar esperanza. Confía en los jóvenes y en las familias; por eso en sus encuentros y diálogos con estos dos núcleos de la sociedad escuchó primero, les preguntó sobre sus preocupaciones. Francisco no los sermoneó ni les dijo lo que deben hacer, más bien les preguntó si lo que están haciendo es lo correcto. Y ahí sembró el espacio para la reflexión.

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Con los jóvenes, con las familias, con los enfermos, con los presos, el Papa se mostró solidario, comprensivo; no condenó, los entendió, pero tampoco justificó las acciones que destruyen. Como cuando les dijo que Dios nunca pediría a los jóvenes ser sicarios, o cuando refirió que las cárceles son el reflejo de una sociedad.

Con los políticos, gobernantes, empresarios, obispos, Francisco utilizó un lenguaje distinto. Fue directo en sus señalamientos. Les advirtió de los privilegios que se convierten en tierra fértil para la corrupción, de la riqueza que se logra teniendo el pan con el sudor del otro.

A los obispos mexicanos les pidió ser transparentes, les prohibió los acuerdos bajo la mesa y los exhortó a superar sus diferencias. A ellos sí los regañó, los invitó a dejar atrás sus grillas y a no abandonar a sus sacerdotes. Y claro, como pastor tiene que vigilar y encausar a sus ovejas.

A los religiosos les pidió ser enviados de Dios, no “funcionarios de lo divino” ni “empleados” de Dios.

A los malos, los llamó “traficantes de la muerte”, porque son los destructores de jóvenes, niños, mujeres y hombres, porque dejan a una tierra llorando por la ausencia de sus hijos.

A los migrantes los confortó con una misa en la frontera con Estados Unidos, porque sabe que son esclavizados, secuestrados y extorsionados.

Y a los enfermos les recetó la “cariñoterapia”, un tratamiento que cura el alma, y que creo que todos debemos darnos y recibir.

Yo quiero una, no, muchas sesiones de cariñoterapia, y ¿tú?

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