Lavanda Carla, la más caprichosa de las lavandas

Los paisajes típicos de la Provenza tienen una responsable: la lavanda, pero de éstas la llamada Carla es la más especial. Descubre porqué.

Un aroma encierra no sólo el regalo de la naturaleza, notas olfativas que tienen el poder de modificar el estado de ánimo, de reforzar la personalidad de alguien que lo usa y activar nuestra memoria olfativa inesperadamente entre una ola de recuerdos y sentimientos. Un aroma, también, conlleva la historia de las manos que han trabajado para extraerlo de flores, plantas y frutos.

Al menos así lo han valorado los perfumistas de Guerlain, quienes desde hace cinco generaciones realizan expediciones para descubrir aquellas materias primas que son convertidas en fragancias icónicas, como lo hiciera Aimé Guerlain, cuando visitó Rusia a finales del siglo XIX para buscar la esencia de abedul y cuero.

TRIBUTO FEMENINO
En esas travesías de exploración y encuentro, Thierry Wasser, perfumista de esta casa y creador del reciente Mon Guerlain, puso su interés en un eslabón de la cadena de producción, que a la vez es su inspiración constante.

 

“Durante mis viajes, para obtener las materias primas incluidas en la composición de nuestros perfumes, he podido ver hasta qué punto las mujeres de todo el mundo se han convertido en la columna vertebral, los pilares de la sociedad y la economía. Ellas son las que organizan, trabajan y alimentan a su familia. Con Mon Guerlain, quería rendir homenaje a estas mujeres libres, poderosas y a veces vulnerables”, aseguró.

Su tributo aromático estuvo compuesto por la vainilla, como representante de la sensualidad, pero también de la maternidad; el sándalo australiano, la mejor alusión a la mujer, ya que esta madera es sólida pero flexible a la vez, potente sin abrumar. Hacía falta el lado chispeante, ese lo aportó el jazmín de sambac. Finalmente, incluyó una nota que generalmente es masculina, pero en esta ocasión aportó solidez a la fragancia: la lavanda Carla.

CAPRICHO DE LA NATURALEZA

Esta magnífica flor no sólo es valiosa por su ornamento o en el mundo de los perfumes. Se le atribuyen propiedades medicinales y cosméticas, desde la capacidad de relajar a través de su aroma, o digestiva si se toma como infusión, hasta la disminución de dolores de cabeza, sus bondades antibacterianas y como remedio para la caída del cabello.

También el sabor, que ha sido aprovechado por los maestros reposteros como los de la pastelería Lenôtre, en Versalles. Ahí fue justo donde Thierry Wasser descubrió este maravilloso elemento, pues al caminar por fuera del local no pudo seguir su paso debido al embriagante y atrayente aroma de la lavanda Carla.

Laurent Dreyfus-Schmidt es quien produce el “blissful plant extract” tan valorado entre los chefs. Su pasión por las plantas, y en especial la lavanda, la cual colorea con su característico tono la región de la Drôme Provençale, donde vive, lo llevó a desarrollar un exquisito método de extracción aromática, utilizando vapor frío-seco, a una temperatura inferior a 75 ° C, que le permite mantener los aromas de la planta casi idénticos al de las plantas frescas, incluyendo la lavanda Carla.

 

Es justo esta especie de lavanda la que encantó a T. Wasser, pues a diferencia de la que es conocida como clonal, idéntica en cada capullo y cosecha, Carla tiene identidad propia, ya que su código genético es variable, de ahí que su esencia esté compuesta por cientos de facetas que le dan un aroma contrastante.

 

Existen más de mil variedades de lavanda Carla, conocida como poblacional, pues cada elemento va a modificar su condición: el clima, la altura a la que es cosechada, el tipo de suelo y hasta la manera en que es cosechada le darán la personalidad única a cada parcela. Para realizar Mon Guerlain, se seleccionó un sembradío elevado a una altitud de 1,250 metros. Fabien Morel es el agricultor, y su familia ha trabajado con la lavanda durante cuatro generaciones en la región de Barret-de-Lioure de la Drôme Provençale.

Él espera pacientemente durante dos años para que la lavanda florezca lo suficiente como para ser cosechada, y sólo verá esa planta por ocho años, tiempo de vida que la naturaleza le asigno, a diferencia de los 12 años de la lavanda tradicional.

“Es desgarrador tirar las plantas después de ocho años, pero siguiendo este paso y permitiendo que la tierra descanse garantiza la mejor calidad”, explica Morel durante un recorrido que realizó por sus campos al lado de Thierry, quien quedó maravillado con el aroma, sabor y color de este regalo paridsino de la naturaleza.

Comenta