10 obras de Leonora Carrington que te harán entender su visión

Apasionada de la mística y con la irreverencia que define a las personas inefables, amante de las brujas y los hechiceros; defensora de la ecología y los derechos femeninos, así era Leonora Carrington y todas esas facetas las conocerás en la exposición que se presenta a partir de este 21 de abril en el Museo de Arte Moderno, de la Ciudad de México: Leonora Carrington. Cuentos Mágicos, que estará abierta al público hasta el 23 de septiembre.

 

Los curadores de esta muestra son Tere Arcq y Stefan Van Raay, quienes explicaron algunas de las piezas más representativas y la historia detrás de éstas.

La posada del caballo del alba (autorretrato) 1937-1938
Leonora tenía 20 años cuando conoció a Max Ernst. “El tuvo una exposición en Londres y acudió a una cena donde se conocieron. Ella vivió con él en París, antes del inicio de la Primera Guerra Mundial, en los años 40, y ésta es la obra más importante de este tiempo”, explica Stefan Van Raay sobre el autorretrato que presenta muchos simbolismos. “Leonora está ahí, completamente liberada, sin su familia, conviviendo con personajes como Picasso, en el centro del arte mundial. Vemos una hiena lactante, símbolo de fertilidad, atrás, su alter ego: un caballo, porque se identificaba mucho con los equinos”. Éste fue un regalo para Max, quien tiempo después la entregó en custodia y fue donado al Metropolitan Museum of New York.

Los días de la calle Gabino Barreda, Gunther Gerzso, 1944
Además de obra de Leonora Carrington, existen piezas de sus allegados y amigos cercanos que explican una circunstancia específica en la vida de la artista. Como ésta, de Gunther Gerzo. “Se llama Los días de la calle Gabino Barrera, porque había una vecindad donde vivía Remedios Varo con Benjamin Péret, y algún tiempo vivió ahí Leonora, al divorciarse de Renato Leduc. En la obra se ve a Remedios Varo con los gatos, y el personaje que sale de otros cuerpos es Leonora”.

La casa de enfrente, Leonora Carrington, 1945
Leonora Carrington, Kati Horna y Remedios Varo “eran inseparables, tanto así que en Londres este vínculo fue motivo de una exposición, curada por Stefan (Van Raay), para explorar justamente la amistad y la colaboración entre las tres”, cuenta Teresa. Esa unión se muestra en esta pintura, que es “un retrato metafórico de las tres brujas, porque les interesaba muchísimo este estudio de lo esotérico, haciendo un ritual en la mesa, o al lado los primeros retratos de familia, porque Leonora, al divorciarse de Renato Leduc, casó con el fotógrafo Emerico Chiki Weisz, y tuvo a sus dos hijos. Así, además de todos los misterios y simbolismos que hay en las pinturas, integra parte de su vida cotidiana.

La Cuna (The Cradle), Leonora Carrington y José Horna, 1949
Leonora comenzó a hacer un círculo de amigos muy cercanos cuando llegó a México, gracias a su matrimonio con Renato Leduc. “Compartían casa, no tenían con qué vivir e hicieron muchos trabajos comerciales para salir adelante, pero empezaron también a trabajar con colaboraciones entre ellos, un ejemplo es esta urna que la talló José Horna, esposo de Kati, y Leonora la pintó para Norah (hija de los Horna, nombrada así en honor a la artista) con escenas de cuentos de hadas que narran el nacimiento de la pequeña Nora, su crecimiento hasta convertirse en adulto”.

Santa Teresa en la cocina, Leonora Carrington, 1958
“Hacía la religión tenía la actitud un poco subversiva, fue criada en escuelas católicas inglesas, la expulsaban y no quería saber de las instituciones, sin embargo, la parte mística de cada una le interesaba muchísimo, así como los mitos. Hay una anécdota que cuenta una monja que estaba con Santa Teresa en su convento realizando huevos en la cocina, de pronto entró en éxtasis sosteniendo un sartén en la mano con aceite y levitó sobre la mesa, la trataron de bajarla y como no pudieron, sólo trataron de detenerla en lo que terminaba el éxtasis para que no fuera a tirar el aceite, porque era el último que les quedaba en el convento. A veces historias como éstas que tenían un sentido del humor extraordinario se ve reflejado en los cuadros”.

El mundo de los mayas, Leonora Carrington, 1963
Único mural realizado por la artista
En San Juan Chamula existe una leyenda sobre la creación de su iglesia. Ya que los pobladores estaban muy preocupados porque no había un templo. “La leyenda dice que había un brujo negro, malvado, a quienes todos tenían miedo. Un día, los pobladores se animaron y pidieron su ayuda para construir un templo. Él decidió hacerlo y empezó a tocar una flauta, con el silbido comenzaron a caer rocas, que se transformaron en carneros, los cuales salieron saltando para las montañas. Al llegar al piso se volvían a convertir en piedras, una sobre otra, para formar el templo de San Juan Chamula. Así, ella toma esta mágica historia para incorporar los elementos en la obra, porque para Leonora, México fue importantísimo desde el día que llegó, pero no lo representaba como hacía la escuela mexicana con imágenes de indígenas, a ella le interesaban las historias y leyendas, la parte mágica, qué pasaba en los Encontró en México mucha relación con el mundo celta, la idea de mundos que se traslapan, incluso símbolos como la serpiente tienen los mismos significados que los prehispánicos”.

Lepidóptera, Leonora Carrington, 1968
Datada el 13 de agosto de 1968, “ésta es, probablemente, la obra más política de manera explícita de Leonora, después de la masacre en Tlatelolco ella se fue con sus hijos a Estados Unidos, momento en el que Elena Garro denunció a un grupo de intelectuales como soporte de los estudiantes. Así que regresó hasta el inicio de 1969”.

Leo (para Hugh Fremantle), Leonora Carrington, 1975
Tapete de lana, colección de Hugh Fremantle
“Los tapices se realizaban en la cochera de Leonora, en su casa de la calle de Chihuahua, en la colonia Roma; ella hacía cartones y con éstos desarrollaban los tapetes. Son como los tapices medievales, tienen una calidad diferente de su pintura, pero debido a que ella fue la hija de un gran magnate algodonero, el más importante en el norte de Inglaterra, conocía el manejo de textiles”.

El Dios del Tequila, Leonora Carrington, 2009
Stefan Vaan Ray cuenta que “a Leonora le gusta mucho el tequila, estuvo siempre muy agradecida con México, y de 2007 a 2011 viví con ella, en todo ese tiempo tenía invitaciones para grandes eventos en lugares como Los Pinos, tenía cerca de 90 años, así que me pedía ir con ella. Pero una hora antes de la gran ocasión decía que no quería ir, hablaba por teléfono y decía simplemente que no iba. Al final decía ‘ahora es tiempo de un tequila’. En su casa guardaba el tequila bajo llave, porque era una tequilera muy fuerte y su favorito era Tequila 1800.

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